La adultización de la infancia, la precocidad en los tiempos adolescentes, la caída de la escuela como lugar de centralización del conocimiento, y el traslado a ella del rol educativo de las familias, transforman la institución educativa. La convierten en un escenario donde aparecen fenómenos y sintomatologías nuevos, para los cuales especialistas y docentes tienen que construir respuestas distintas a las aprendidas en la formación.

Urge pensar la práctica profesional en el contexto de la subjetividad de la época.

Los alumnos de hoy no son los de ayer ni los que figuraban en los textos del profesorado. Cambiaron el mundo, el país, las familias, las escuelas.

Estos nuevos alumnos saben que la escuela ya no es el único lugar para acceder al conocimiento y que en los buscadores de internet encuentran lo que quieren saber.

Esto hace correr al docente de su lugar tradicional, con la consiguiente caída del principio de autoridad y del respeto a su figura, que antes venían “abrochados al guardapolvo” y que hoy tiene que conquistar todos los días a pura pasión, coherencia y deseo de enseñar.

Nuestros alumnos nacieron en la cultura de la imagen; se multiconectan, atienden a varias cosas en simultáneo; hacen zapping; consumen horas de pantalla.

En la práctica clínica psicopedagógica, aparecen cada vez con más frecuencia trastornos de atención, la apatía y el desinterés por lo que les ofrece la escuela (aburrimiento) y una notable caída de la creación. Acostumbrados a apretar botones y a que todo les llegue hecho por otro, la escuela convoca a acceder a la lectoescritura con un trabajo cognitivo que no todos pueden o quieren hacer.

Están entrenados en el doble clic y en la impaciencia, no saben esperar, quieren todo ya, y en ese “ahorismo” pretenden buenos resultados con mínimos esfuerzos.

Si a la exposición excesiva a las pantallas sumamos la ausencia de la función familia a la hora de controlar y de filtrar contenidos, se corre el riesgo de que las infancias sean prematuramente atravesadas por el mundo adulto, sobre todo en sus aspectos obscenos y siniestros.

Esto tiene consecuencias: niños adultizados, púberes precoces, menarcas tempranas, genitalización de la sexualidad infantil; demandas no correspondientes a la edad.

En fin, parece que estamos frente a lo que muchos autores ya anunciaban: la desaparición de la infancia o el fin del siglo del niño.

Algunos han jugado muy poco y eso impactará en los aprendizajes sistemáticos, ya que el juego simbólico es la antesala de ellos.

Algunos han sido escasamente escuchados. Algunos fueron adultizados, debieron asumir por anticipado la autonomía, algo que impacta en el proceso de constitución subjetiva. Algunos tienen vínculos conflictivos con las figuras parentales.

Obviamente, esos sentimientos son transferidos a la figura de docentes que hoy se tienen que parar en aulas muy complejas y que parecen debatirse entre apatías y violencias.

Necesitamos pensar una escuela distinta, re-crearla, ya que es el único lugar que viene quedando para la socialización, para el encuentro con sus pares y con docentes que favorezcan la incorporación de una perspectiva subjetiva mirando, escuchando, interviniendo más allá del currículum.

Quizá sea la última oportunidad para encontrar un lugar, una razón, un sentido a la vida.

Las nuevas generaciones merecen una escuela que, incorporando la tecnología como instrumento de investigación, haga todo lo posible para acercarlas a la palabra, al texto. Una escuela que jerarquice los lugares donde puedan expresarse con libertad.

Con docentes a quienes no les encanten los silencios, que amen las preguntas y que se interroguen sobre la práctica.

Una escuela atravesada por una ley clara, respetada primero por los adultos y convertida en normas de convivencia construidas entre todos para ir hacia el verdadero desafío: la creación de sujetos éticos, sin el sometimiento de sujetos disciplinados.

Para ello, hacen falta docentes que salgan de la postura nostálgica del que sueña con alumnos y familias del ayer.

Esos no están. Los que hoy ocupan las aulas merecen una pedagogía de la esperanza mediatizada por docentes apasionados por la vida, por el conocimiento, por su tarea.

Tampoco son tiempos para la soledad docente (la que se resume en la idea de que “cada maestrito con su librito”). Son tiempos de trabajo en equipo, del quehacer entre varios, de escuchar y escucharse y tejer puentes que permitan renovar la pasión de enseñar para despertar la pasión por aprender.

Por: LILIANA GONZÁLEZ

Fuente: www.lavoz.com.ar